Desde mi mundo de color de rosa no se ven las cosas tan distintas. En él el dolor es inevitable pero el sufrim
iento es opcional. Podemos ver lo catastrófica que puede resultar la vida cuando se nos va de las manos. Se llora, cosa que a veces se convierte en una rutina. Se peca, porque la vida sería demasiado imperfecta si el libertinaje fuera la ética.

Desde un corazón consumido cual incienso también se evalúan los comentarios discrepantes. Se sonríe, quizás falsamente y de manera absurda. Se quiere, con menor intensidad pero con mayor seguridad. Se besa, aunque a veces el tiempo se nos va.
El matiz son los colores. A veces rosa ¿Porqué no?, pero otras el negro ensombrece cada
gesto. Y en algunas ocasiones (pocas, ¿para qué engañarnos?) la imparcialidad del blanco nos ayuda a seguir permaneciendo estables.

Pero a mí el que me gusta es el verde: el color de la esperanza para muchos, o de la muerte para Lorca. El mismo que tiñe al monstruo de la envidia y el que nos camufla cuando no queremos ser vistos. La positividad, el encendido, el "atraviese el paso de cebra". El disfraz del niño que no quiso crecer. La salud y a veces el sexo. Incluso, da un brillo de esbelta tranquilidad a mi manzana prohibida.
Perfecto, como la vida misma.
Verde viento, verdes ramas. El barco sobre la mar, y el caballo en la montaña.